La ola de violencia criminal en las calles de la ciudad reclama el urgente auxilio del Estado nacional

Una interesante miniserie televisiva alemana de varios años atrás reflejaba con claridad el inútil sacrificio de cinco jóvenes berlineses, en 1941, que se despedían alegremente bailando en un bar antes de partir al frente de combate. Se prometían volver a verse pronto y en el mismo lugar en pocos meses cuando creían que la guerra terminaría. Pero recién en mayo de 1945, derrotado el criminal nazifascismo, pudieron reunirse solo los pocos que habían sobrevivido a esos largos años de horror. En el mismo bar, pero semidestruido, brindaron por la suerte de estar vivos. El título original de la serie es “Unsere mütter, unsere väter” (Nuestras madres, nuestros padres), pero para el público hispanoparlante se lo tradujo como “Hijos del Tercer Reich”.

El desprecio por la vida es una miseria de la condición humana que se repite a lo largo de la historia. Hoy se advierte con claridad en la guerra en Europa del este y en otros conflictos armados alrededor del planeta que no tienen tanta prensa pero que son igualmente devastadores. La vida, pese al formidable avance de la civilización en todos los campos, parece no estar dimensionada como premisa suprema.

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