La argentina transita por momentos especiales en un año electoral donde la marcha de la economía y el control de la inflación jugarán un papel decisivo. En el oficialismo se festejó como un triunfo que el alza de precios no haya alcanzado las tres cifras y haya terminado el año por abajo del ciento por ciento. Si la tendencia al amesetamiento y leve baja de la inflación se mantienen, para el comienzo del otoño los técnicos del gobierno aspiran a que el índice se ubique entre el 3 y 3,5 por ciento mensual.
Si bien esa cifra sigue siendo altísima para cualquier economía del planeta, en estas latitudes, con dos hiperinflaciones en las últimas tres décadas y registro siempre altos, no es tan mala noticia. El gobierno apuesta todo a contener la espiral inflacionaria porque sabe que en las condiciones actuales tiene perdida la elección presidencial de este año.
El ministro de Economía Sergio Massa, más pragmático que su antecesor, el académico Martín Guzmán, trajo calma a unos mercados oscilantes que parecían incontrolables y con muñeca política y ajuste ortodoxo se convirtió en pieza clave de un gobierno que había perdido el rumbo. Gran parte de ese rumbo extraviado es consecuencia de errores propios y una interna política entre el sector más duro del kirchnerismo y en lo que ahora se podría denominar el “albertismo”.
El kirchnerismo cuestiona las políticas económicas del gobierno y el cumplimiento de las metas con el Fondo Monetario Internacional que son siempre las mismas, basadas en el ajuste fiscal en un país que necesita el aporte del Estado para asistir a millones de argentinos en la indigencia o en la pobreza. Pero sabe que de otra manera la situación social se hubiese desmadrado de la mano de una inflación desbocada que no hace otra cosa que sumar más pobres y licuar el salario de los trabajadores.
¿Le alcanzará a Massa y al gobierno con contener la inflación, mejorar el ingreso de los asalariados y contener la demanda social con asistencia estatal para ganar las elecciones presidenciales? Es difícil pronosticarlo pero a poco más de seis meses de las elecciones parece una tarea difícil.
Por el lado de la oposición las cosas tampoco están fáciles. Se vislumbra un escenario donde el oficialismo podría ser castigado y otra vez Juntos por el Cambio instalarse en el gobierno. Antes, deberá resolver la feroz lucha política interna entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta para vestirse el traje de candidato presidencial.
El escenario de las últimas semanas con audios captados ilegalmente pero verosímiles en su contenido, no han hecho más que agregar ruido en una oposición que aparece dividida y dispuesta a emplear métodos no ortodoxos para complicar a su adversario o quien se ponga en medio del objetivo presidencial.
La situación es muy complicada. La Argentina es una país donde la mano de la política y la economía son inseparables. No es el caso de otros, como por ejemplo Italia, que pese a haber tenido gobiernos desastrosos el rumbo económico se ha mantenido inalterable. Aquí sería inviable hasta el mejor programa económico en medio de una feroz interna en el oficialismo y en la oposición. Sin consenso político nada es aplicable en este país.
El final está abierto. Todo depende de la política y de quienes aspiran a conducir un país que no encuentra todavía un rumbo sustentable.
