Poco antes de las elecciones presidenciales de 1983, en el ocaso de la dictadura, se exhibió en todo el país un documental muy trascendente y emotivo. “La República perdida”, dirigido por el cineasta Miguel Pérez con el guión del escritor y periodista Luis Gregorich, fue un retrato de historia argentina del período de 1930 a 1976. Es decir, cubrió desde el primer golpe de Estado hasta el último, 46 años de interrupciones de los gobiernos civiles a manos de militares que se arrogaban la facultad de deponer presidentes según sus propios intereses y de los sectores que representaban.

Con el gobierno de Raúl Alfonsín, surgido de aquellos comicios de 1983, se cumplen este año 40 años de democracia ininterrumpida. Es el mejor logro de estas cuatro décadas porque esta vez la República no se ha perdido. Pero sí, en cambio, las condiciones sociales y económicas de gran parte de los argentinos que viven en la pobreza o la indigencia. El deterioro de los últimos lustros, salvo períodos de mejora pero que no fueron sustentables, se advierte en casi todas las áreas: educación, seguridad, economía, por sólo nombrar algunas.

Esta verdadera catástrofe es la gran deuda de la democracia argentina y de sus cuadros dirigentes que no han sabido cómo poner bajo un paraguas protector las diferencias ideológicas y políticas para conjugar un proyecto de país que vaya más allá de los recambios de gobierno.

Las recurrentes crisis políticas y económicas son difíciles de explicar en un país con una geografía privilegiada y con profesionales talentosos en todas las disciplinas. Arriesgar conclusiones sería temerario, pero es más que claro al menos una cuestión: la lucha interna por el poder y la riqueza se remonta al propio nacimiento de la Argentina como Estado soberano. La historia de este país está plagada de ejemplos que avalan esa afirmación.  

A poco de iniciarse otro ciclo de 40 años, cuando asuma el próximo presidente, el país se encamina a nuevas décadas de frustraciones y enfrentamientos si no hay una modificación copernicana en los modelos de construcción política. Hoy se percibe un país dividido, ya no en dos grupos irreconciliables sino en tres, con lo que la gobernabilidad se debilitará aún más.

El peronismo en el gobierno (el “albertismo” impulsado por el kirchnerismo) responde sólo a una parte de ese movimiento político que, paradójicamente, cuestiona ahora las políticas oficiales. ¿Cuántos peronismos hay? ¿en cuántas partes está dividido y por qué están enfrentados si la doctrina debería ser la misma. Claro que el peronismo abarcó desde Montoneros hasta López Rega. Y lo tuvo también a Menem.

La historia demuestra con claridad que los gobiernos peronistas, con marcadas excepciones, tienen una orientación popular y social en beneficio del sector menos beneficiados de la sociedad. Pero también es cierto que nunca, pese a los años que fue gobierno una vez reinstaurada la democracia, ha podido generar en la sociedad una mayoría electoral que lo mantenga en el poder. Después de doce años de gobiernos kirchneristas el peronismo perdió las elecciones. No se advierte en sus dirigentes una lectura y análisis político del porqué de ese fenómeno.        

En los opositores políticos la situación es similar. El macrismo gobernó cuatro años, empeoró todos los índices económicos, produjo graves deslices institucionales como intentar nombrar a jueces de la Corte Suprema por decreto o reglamentar leyes para favorecer a familiares.  Ahora sostiene que esos cuatro años de gobierno han sido sólo el comienzo de un cambio más profundo. Las autocríticas son muy escasas y la ferocidad de la interna por nominar al presidenciable es feroz, pese a que se la intente suavizar con fotos amistosas que muestran juntos y unidos a sus dirigentes.

El PRO cooptó a la Unión Cívica Radical, partido centenario, democrático y popular que hoy mendiga cargos y no tiene ninguna chance electoral. Esa pérdida de un partido que tradicionalmente enfrentó al peronismo posibilitó tal vez en la Argentina el surgimiento de un nuevo fenómeno que también se advirtió en otras partes del mundo, como Hungría, Brasil o Estados Unidos: una ultraderecha desbocada que con frases simples pero muy agresivas concita cada vez más apoyo. Y en una sociedad donde ya nadie cree en nada, y menos en la política, las promesas salvadoras de los iluminados prenden con fuerza en la sociedad.  Además, prometen ser más liberales de quienes ostentan ese título.

Los nuevos “libertarios” proponen dolarizar la economía, eliminar el Banco Central, volver al sistema de jubilación de las AFJP y reformar las leyes laborales para “modernizarlas”, entre otras cosas como permitir un mercado comercial de venta de órganos humanos. Pero al menos son sinceros y anticipan cuáles son sus políticas. Habrá que ver cuántos argentinos, seguramente habrá decenas de miles en todo el país, crean que esas propuestas son viables para mejorar la vida de la gente y estabilizar al país.

Todo está encaminado a que estos tres sectores políticos que dominan hoy la escena electoral persistan en mantener la decadencia del país. No hay posibilidad alguna de que más allá de quién llegue al poder se puedan construir políticas de Estado a largo plazo. El fracaso de unos y otros en el gobierno genera solamente un recambio sin continuidad que empeora cada vez con mayor rapidez.

¿Qué hacer para revertir esta situación? Las conclusiones quedan para el análisis del lector.

One thought on “La República perdida”
  1. Asi es Lalo … donde decis que “no han sabido cómo poner bajo un paraguas protector las diferencias ideológicas y políticas para conjugar un proyecto de país que vaya más allá de los recambios de gobierno” es lo que sostengo desde hace décadas … mientras no hayan políticas de estado consensuadas a corto, mediano y largo plazo … estaremos condenados
    Que Dios nos ampare !!

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