En poco más de tres meses de gobierno, la nueva administración del presidente Javier Milei ha cruzado límites que a ningún otro mandatario se le ha permitido desde la reinstauración de la democracia en 1983.

Apenas asumió emitió un decreto de “necesidad y urgencia” que deroga decenas de leyes y modificaba otras tantas. De un simple plumazo pretendía borrar normativas que llevaron años de debate durante distintos períodos legislativos. No se trata aquí de propiciar una política conservadora por la que nada puede revisado o cambiado, pero sí seguir los mecanismos naturales de la democracia participativa.

Además del decreto, que todavía está vigente, Milei envió al Congreso un proyecto de ley enorme que pretendía sea aprobado a libro cerrado. Como fue parcialmente modificado en el debate parlamentario, el presidente dio la orden de retirarlo y todo quedó en la nada, al estilo del niño enojado que retira su pelota de fútbol e impide que el resto siga jugando, es decir, legislando en este caso.

Todas estas idas y venidas, propias de la política y de las instituciones democráticas, cuyos poderes del Estado están precisamente para controlar o poner freno a los otros, se desarrollaron en medio de una catarata de agravios sin precedentes hacia quienes opusieron resistencia a las ideas presidenciales.

Lo que se ha visto en la Argentina en los últimos 90 días tiene pocos antecedentes mundiales. Un presidente aferrado a las redes sociales y a un grupo de fanáticos pagos que atacan a opositores por esos mismos canales de comunicación es inédito. Tal vez Donald Trump pueda acercarse a las acciones de Milei en el uso de las redes. El desvarío es tan grande que, hasta la propia vicepresidenta, Victoria Villarruel, fue atacada por los mismos apretadores mediáticos con que cuenta el gobierno cuando habilitó el tratamiento del decreto de Milei.  Hasta la amenazaron con colgarla en la plaza de Mayo.

Mientras asistimos a un verdadera decadencia ética, moral y política, la recesión, la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y jubilaciones han sido fabulosa. Pero al Congreso de la Nación le tiraron toneladas de piedras cuando Macri había enviado un proyecto para modificar la movilidad jubilatoria.

Los análisis que indicaban una segura rebelión popular contra el ajuste para marzo han sido todos equivocados. A Milei pareciera que se le tolera todo, sus dichos, insultos, apretadas en las redes sociales y, fundamentalmente, su política económica.

Una de las posibles explicaciones a esta inédita realidad política es que, contrariamente a lo que algunos analistas sostienen, Milei aun cuenta con apoyo popular. Un apoyo que avala el ajuste y tiene esperanza de un futuro mejor. Todo es posible. Si el gobierno logra bajar la inflación y aliviar el ajuste en los próximos meses, Milei seguirá habilitado para decir cualquier cosa, continuar con las “fuerzas del cielo” que lo sostienen y tener gobernabilidad por muchos años más. Habrá que ver hasta cuándo se le tiene paciencia. Por ahora, todo se le perdona.

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